La Hora Azul


Media hora más tarde, y ya rendido por el sueño, en vez de acostarme, salí al balcón con intención de fumar uno de aquellos insípidos cigarrillos, los únicos que vendían en la ciudadela. Quería retrasar un poco ese momento tan grato de caer en la cama cuando está uno muy cansado.

En el horizonte flotaban restos de nubes rojas de sol poniente, pero el aire no era limpio, con aquel aroma acre del humo de los incendios. A ratos, los vencejos pasaban chillando, persiguiéndose en vuelos imposibles. Debajo del balcón se intuía el diseño geométrico del los jardines de estilo francés, y más allá, fuera de las murallas, las laderas caían hacia el norte, hacia la lejana colina con su extraña iglesia octogonal que se decía de los Templarios.

Una sombra apareció en silencio en el balcón de al lado. Reconocí a Julia por las perlas de su diadema. Estaba a punto de darle las buenas noches pero pensé que quizá se iba a sorprender. Además, no quise interrumpir su extraño gesto, apenas adivinado en la oscuridad, como de recogimiento, de contemplación.

Allá en el oeste, la estrella de la tarde brillaba con fuerza cerca del horizonte, y hacia allá levantó Julia un brazo, muy despacio, y extendió la mano, que pareció quedar como colgando en el aire.

De haber sido una película, la banda sonora hubiera sugerido su tema musical, el que acompañaría cada una de sus apariciones en la pantalla. Pero en vez de eso, continuó el silencio, intercalado por los gritos de los vencejos. Y es que la realidad es siempre mucho más prosaica, mucho más deslucida.

Un perro ladró muy lejos, en el valle, y le contestaron todos los perros del mundo, uno tras otro.