Patos salvajes


Cuando hace años encontré el budismo zen, pronto fue evidente que aquello no iba a parecerse en nada a lo que la divulgación, las modas de la época o los supuestos expertos solían contar: algo que se practica a ratos, como quien juega al tenis, mientras el tiempo restante de nuestra vida continúa transcurriendo igual que antes. Por el contrario, el budismo zen es algo en lo que se empeña la totalidad de la existencia, incluída la muerte, es un órdago, una apuesta ciega.

El zen era, es, solamente —y no es poco— un procedimiento para acceder al estado mental que, según la tradición, alcanzó —mientras estaba meditando sentado bajo un ficus— el buda histórico, Gautama, un aristócrata, señor de la familia de los Sakia, tras años de esfuerzos inútiles por lograr lo que el budismo designa en sánscrito con la expresión técnica anuttara samyak sambodhi que podría traducirse como la «iluminación perfecta que no admite comparación».

Y encontré que ese procedimiento había caído en desuso, y aparecía sólo y de modo marginal en algunos monasterios actuales de Japón, convertidos más bien en caros colegios de estricta disciplina que en verdaderos centros de actividad mística.

Si ese iba a ser el camino, haría falta un cambio radical, una verdadera revolución personal. Para empezar, tendría que aprender japonés, ir a ese país y quedarme allí para siempre; lograr ser admitido en alguno de los escasos monasterios; y todo ello sin ninguna garantía: bien podría ocurrir que pasara el resto de mis días en aquel remoto lugar, abandonados para siempre mi cultura, mi familia, mis amigos, y quizá dedicado a barrer el patio del monasterio, hasta envejecer sin saber por qué me había embarcado en aquella locura.

El zen no es una forma de meditación practicada en extrañas posturas; no es una secta religiosa, ni un compendio de creencias, ni una escuela filosófica; no es dominar un vocabulario en un lenguaje desconocido; no es la vanidad de pensar que se posee un secreto que los demás ignoran; no son juegos de palabras ni preguntas y respuestas sin sentido; no es raparse el pelo, y ponerse una túnica color azafrán y unas sandalias; no es sentarse de cara a la pared con las piernas cruzadas. El zen no promete un paraíso, o un cambio, o alguna clase de sabiduría especial. Si esas son todas nuestras expectativas, ya estamos muertos.

El zen no es racional, no se puede explicar con palabras. Aun así, según dice la tradición, en cada generación, unas pocas personas, sin saber cómo, sin ninguna esperanza, se acercarán al zen, despreciándolo todo, despreciando la propia vida, con una intensidad próxima a la locura, buscando a tientas una puerta, siguiendo el antiguo adagio: «Enciende tu propia lámpara».

Así que cuando el dilema se planteó en toda su agudeza, dí un paso atrás. Escogí continuar con mi vida de persona corriente, hacer lo que todos esperaban de mí, renunciar a lo que mi instinto me venía diciendo desde tantos años atrás, desde que me diera cuenta, ya en la adolescencia, de que había nacido en una prisión, y en una prisión terminarían mis días.

***

Hace no mucho, fui con unos amigos a cenar a un restaurante. —Es un restaurante zen— dijeron cruzando miradas en las que me pareció ver un atisbo de ironía. Desde luego, el restaurante sí que tenía algo de zen, aunque no fuera más que por lo escaso de su decoración —una austeridad que rozaba la racanería— y por su ausencia de color. De fondo sonaba una música que prefiero no recordar. La gente hablaba a gritos, como suelen hacerlo en todos los restaurantes.

Miré a mi alrededor. Alargué la mano hacia la botella de vino. Anuttara samyak sambodhi murmuré con una voz tan leve que nadie llegó a oírlo.

—¿Qué son?
Patos salvajes, maestro.
—¿Hacia dónde vuelan?
—Ya se han ido, maestro.