Instant Crush

Grace Helbig - MyDamnChannel - YouTube
 

Justo encima de mi cama está el tejado, y una claraboya de metacrilato me permite ver el cielo estrellado antes de dormirme. Pero sólo si la noche es clara. Cuando llueve, las gotas resuenan en la claraboya, aunque el sonido no me incomoda. Es como el ruido de las olas en una playa, un sonido continuo al que estamos genéticamente adaptados y asociamos con algo natural y apacible.

Es diferente en una tormenta. Como la de aquel día. Empezó a llover, muy pocas gotas pero grandes, cada gota parecía un disparo en la claraboya. Al poco cesaba y volvía a comenzar. Y de pronto, la lluvia se convirtió en torrencial. Ya no había forma de dormir, y el sonido del agua como una cascada, absorbía toda mi atención. La intensidad de la lluvia fue en aumento, parecía que no podía caer más agua pero así fue. De pronto el sonido cambió. Ahora era algo sólido lo que caía del cielo, granizo, como una ametralladora en mi tejado.

Pensé con alguna parte de mi cerebro que aquel día caluroso había elevado el aire cargado de humedad hasta bien alto, había chocado con el frío de la estratosfera y ahora caía toda el agua helada sobre mí. El sonido era terrible. La intensidad aumentó y aumentó, hasta que noté que algo iba a suceder. Y en un gesto instintivo, yo, que disfruto con las tormentas, me tapé los oídos y cerré los ojos con fuerza, encogí las piernas, postura fetal, recordé Johnny Got His Gun, sin razón aparente, random access memories, yo siempre tan oportuno.

Y esperé. Algo viene, ya está aquí, ya está aquí, puedo oír su aullido. Todas las moléculas de aire, las partículas de polvo, que la convección ha llevado demasiado lejos, demasiado alto, están ahora aquí y van a neutralizar sus cargas eléctricas.

El rayo no me cogió desprevenido. Fue como si alguien me disparara un flash ante los ojos, a pesar de tenerlos cerrados, y no escuché ningún sonido, sólo la sensación de que las paredes de la habitación vibraban suavemente, como hojas de papel en el viento.

Cuando abrí los ojos, todo estaba como siempre, pero un intenso olor a plástico quemado y a metal caliente lo invadía todo. Salté de la cama y fui hasta la sala. No había luz, la pantalla del móvil me ayudó a encontrar la linterna.

Una enorme banda negra iba desde la puerta del balcón hasta el enchufe múltiple donde tengo todos mis trastos. El teléfono inalámbrico y el router se habían convertido en extrañas esculturas de plástico fundido. El pequeño ventilador había desaparecido. El portátil estaba curiosamente curvado y había cambiado de color, ahora era rojo metalizado, hot magenta, WTF, el televisor partido por la mitad, como si un samurai lo hubiera cortado con un limpio golpe de katana.

Oí voces por el rellano. Abrí la puerta. Vecinos hablando a gritos, con linternas danzantes que no apuntaban a ningún sitio. Ha sido un rayo. Sintiéndome extrañamente tranquilo, les dije que desconectaran todos los aparatos eléctricos y llamé al 112. Allí me sorprendieron por su eficiencia y amabilidad. Necesita auxilio médico, describa exactamente la situación, algún transporte especial, hay fuego, o humo, cuántas víctimas, preguntas, preguntas, tenía que cerrar los ojos para concentrarme y poder contestar.

Al cabo de un par de horas todo se había calmado. Regresé a la cama, sin saber si podría volver a dormirme. Seguía cayendo una lluvia suave que resonaba en la claraboya, y pronto supe quién había llegado con el granizo.

Atravesando el espacio, a velocidades incompatibles con las leyes de la naturaleza, su halo hecho de sueños olvidados, que así sea, había llegado para recordarme que la materia es sólo una máscara más, que el dolor y esa extraña opresión en el pecho me alcanzarán una y otra vez, instant crush, me dejarán bien claro que sólo eso podría justificar este pasaje, que somos un producto bastardo del azar, pero que podemos mirar hacia arriba y ver cómo los granos de hielo vienen hacia nosotros, y abrazarlos como si fueran algo distinto de una condensación brusca, allá arriba, en un cumulonimbus corriente, una nube de primavera tardía, sólo termodinámica, y nada para los corazones solitarios, los árboles caídos, los caracoles pisados por descuido, las aves que no lograron completar su vuelo migratorio, los ojos tristes de los perros abandonados en las cunetas, la faz deforme que veo cuando me miro en el espejo, el final del camino llevado con un poco de elegancia, de savoir faire, sin muchos aspavientos.

Granizo y rayos, tormentas de primavera tardía que no durará ya mucho más.