Andrómeda

Adam Evans -  M31, the Andromeda Galaxy -  Wikimedia Commons


El balneario resultó ser un lugar más interesante de lo que habíamos pensado.

Era un edificio de principios de siglo varias veces reformado, con unas cincuenta habitaciones, amplias dependencias de techos muy altos, y pisos de parquet deformado. El interior daba una cierta sensación de decrepitud, sin llegar a ser opresivo. La dirección se preocupaba por pequeños detalles, flores en las habitaciones y objetos decorativos algo cursis, pero con sus buenas intenciones no podían evitar los sonidos amenazadores de las cañerías, los crujidos nocturnos de las vigas de madera o la visita de los bichos procedentes del campo.

El hotel tenía un gran porche con sillones de mimbre, orientado al sur, con vistas a una sierra próxima cubierta de pinos, un jardín muy cuidado, piscina, limpia pero con unos azulejos que le daban un aire de quinta romana, y un par de canchas de tenis.

A los pocos días de mi llegada al balneario, hice dos descubrimientos. El primero fue Andrea, aunque naturalmente, ignoro cual era su verdadero nombre.

Creo que Andrea tendría unos dieciocho años, pero a mí me parecía muy mayor. Sencillamente, había cruzado esa tenue frontera que separa, en un grupo de jóvenes, a los pequeños de los mayores.

Andrea tenía la propiedad de estar siempre cerca de donde yo me encontraba, y a veces, parecía estar en varios sitios a la vez o ser capaz de desplazarse instantáneamente de un punto del hotel a otro. Siempre andaba por allí, generalmente con un grupo de jóvenes de su edad, en las canchas de tenis, junto a la piscina, en el cenador del jardín. Nos saludaba levemente al entrar en el comedor, me tropezaba con ella buceando en la piscina, nos cruzábamos por las escaleras o aparecía sentada en una mesa próxima en el porche.

Me acostumbré en seguida a su presencia distante, y Andrea se convirtió en mi cómplice secreta, la musa de aquel verano, el amor de mis catorce años, un aditamento imprescindible, casi una maldición que cualquier idiota podía haber previsto, una Andrea que sucediera a la Eva del verano del 61, y fuese a su vez precedente de la Beatriz del verano del 63, un eslabón más en la cadena de desastres que formaban los veranos de mi adolescencia.

Andrea tenía el pelo negro y los ojos negros. Esa clase de ojos negros carentes de brillo, que más que convexos, parecen agujeros, negros como ese material hipotético que los físicos denominan cuerpo negro, cuya propiedad definitoria es la de ser capaz de absorber radiaciones de cualquier longitud de onda y no reflejar ninguna.

Andrea era zurda. Se podría escribir un grueso libro sobre la influencia en mi vida de las zurdas. Su ineptitud para usar la mano derecha —o aptitud para usar la izquierda— tenía algo de fascinante, como toda asimetría que la Naturaleza se resiste a prodigar: Agua fluyendo en contra de la gravedad, una película montada al revés… Los actos más sencillos, como  barajar cartas o comer sopa, se convertían en Andrea en espectáculos imposibles, acontecimientos de rara belleza que pocas veces tenemos ocasión de presenciar, como una aurora boreal o una jirafa bebiendo en un río.

Mi otro descubrimiento de aquel verano fue el de mi verdadera posición en el cosmos. Esta frase es capaz de dejar satisfecho a cualquiera, así que explicaré a qué me refiero.

A aquella edad yo ya tenía algunas nociones de astronomía, principalmente lo que cuentan los atlas, pero a pesar de las explicaciones teóricas de la geografía, yo sentía el mundo como algo plano —donde transcurrían todos los sucesos que me importaban— cubierto por una bóveda parecida a un techo decorativo, demasiado lejano e inexplicable como para preocuparse por él. Luego me enteré de algunas cosas más. Sabía por ejemplo, identificar algunas constelaciones y había advertido el movimiento de la esfera celeste, pero por supuesto, no tenía un conocimiento real de los tamaños y las distancias de lo que veía en el cielo.

Una noche, antes de la cena, estaba sentado en el jardín del hotel,contemplando el cielo, cuando noté algo raro. Tenía localizadas las constelaciones conocidas del sur, el Águila, el Cisne a su izquierda, y Lira casi en el cenit, cuando observé asomando por el horizonte sur una estrella más brillante que cualquier otra que yo hubiera visto.

Fui a preguntar al tío Julián, conocedor de los misterios de la naturaleza, y me contestó que se trataba de Saturno. Trajo sus prismáticos y me enseñó que las dos protuberancias que tenía Saturno a ambos lados eran los anillos vistos de perfil, y me explicó también que los planetas no parpadeaban como las estrellas porque tenían radio aparente (esto no lo cogí muy bien). Y predijo que tres horas más tarde aparecería Júpiter por el mismo lugar del horizonte, y quedamos en ir a verlo después de cenar. A la hora anunciada apareció Júpiter, y el tío Julián me enseñó los satélites galileanos, Io, Europa, Ganímedes y Calisto, apoyando los prismáticos en la barandilla del porche.

Me di cuenta entonces de que el sistema solar era algo distinto a los dibujos en colores de los atlas. El sol estaba oculto al otro lado de la tierra, a mis espaldas, y ante mí estaban Júpiter y Saturno, y quizá otros planetas tan lejanos que no se podían ver, a distancias que escapaban a mi imaginación. Yo no estaba realmente en la terraza del jardín, sino sobre una esfera enorme que colgaba de la nada, perdida en medio de otras esferas semejantes cuya contemplación producía vértigo.

—Pues eso no es nada— dijo el tío Julián. —Ahora te voy a enseñar la nebulosa de Andrómeda.

Yo ya sabía lo que era la nebulosa de Andrómeda, pero el tío Julián se encargó de recordármelo y me puso un ejemplo para comparar los tamaños y distancias que sencillamente me pareció imposible de creer. Me dio los prismáticos y me fue guiando de una estrella a otra, hasta llegar a la nebulosa.

—Ahora un poco más hacia arriba hasta que la veas aparecer.

Mi primera impresión cuando la nebulosa apareció en el campo de visión de los prismáticos fue de miedo. Una nube blanca, ovalada, helada, distante, inmóvil, mucho más grande de lo que había imaginado, y a la vez menos luminosa de lo que aparecía en las fotos.

Mientras el ojo petrificado de Andrómeda me devolvía la mirada desde el otro extremo de los prismáticos, yo empezaba a darme cuenta de que estaba viendo el objeto más lejano que había visto nunca, y noté que algo cambiaba definitivamente, ahora que sabía que eso estaba ahí arriba.


Viejas iglesias




A veces, en mis viajes, a la búsqueda de edificios del pasado, tropiezo con viejas iglesias.

Iglesias decrépitas, arruinadas, polvorientas, restos de un ayer de poder y relumbre, pero ya preteridas y olvidadas.

La religión perdió su vigor hace tiempo: La ciencia, el positivismo, la relegaron a una superstición vana, a un refugio de ancianos aterrados por la proximidad de la muerte.

Veo los muros de arenisca erosionados por el viento; los púlpitos desvencijados, los altares caídos, las estatuas de piedra abatida, de madera carcomida; los viejos reclinatorios, los rincones llenos de telarañas, de artefactos de uso desconocido, estandartes, andas y pasos procesionales; los confesionarios vencidos por el desuso; las sencillas imágenes desgastadas; las pequeñas huchas para la limosna ocasional, conteniendo alguna moneda que ya nadie va a recoger; las aun brillantes vidrieras, de arte magnífico; las campanas silenciosas; los órganos, de los que cada vez menos gente sabe extraer el sonido que hace temblar los muros; las torres vacías ahora refugio de aves…

Y yo, ateo, escéptico, conociendo todas las cosas que se pueden criticar de la Iglesia, en su pasado y su presente; yo, el racionalista, el materialista descreído, veo esas viejas iglesias vacías, sin culto, sin feligreses; veo esos restos de lo que fue en otro tiempo el último refugio del conocimiento y el pensamiento. Y siento una inmensa tristeza a la vista de todo eso que fue, todo eso que se perdió, que se está perdiendo.

Olvido



Il m’écrivait: «J’aurai passé ma vie à m’interroger sur la fonction du souvenir, qui n’est pas le contraire de l’oubli, plutôt son envers. On ne se souvient pas, on récrit la mémoire comme on récrit l’histoire.»

(Chris Marker, Sans soleil, 1983)

To put it in an extreme way, if we are all rewriting our memories every time we recall an event, the memory exists not as a file in our brain but only as the most recent rewrite of a scenario… My conclusion is that memory is what you are now. Not in pictures, not in recordings. Your memory is who you are now.

(Daniela Schiller, NYU. Citada por Stephen S. Hall, MIT Technology Review, June 17, 2013)

***

Somos lo que recordamos. Somos lo que los demás recuerdan de nosotros. Nuestra existencia no tiene sustancia real, es sólo el poso de nuestras singularidades, de nuestro discurrir por el mundo, de nuestras pequeñas anécdotas en la memoria de los demás o en la nuestra propia. Tan pronto como nuestros recuerdos (o los de los otros) se desvanecen, dejamos de existir. Tras unas pocas generaciones, si no hemos sido personajes de alguna notoriedad —que es lo más frecuente— pasamos al olvido, al universo de las palabras no dichas, de los seres no nacidos, de los caminos no recorridos. Y descubrir que nos han olvidado nos hiere, porque significa que hemos perdido una parte de nuestra realidad.

No me olvides. Recuérdame aunque sea sólo como anécdota; aunque sea sólo una vaga remembranza del pasado, sólo una imagen deforme y borrosa. No me olvides. Soy, dependo de tu recuerdo.

Yo sí te recuerdo.

Patos salvajes



Cuando hace años encontré el budismo zen, pronto fue evidente que aquello no iba a parecerse en nada a lo que la divulgación, las modas de la época o los supuestos expertos solían contar: algo que se practica a ratos, como quien juega al tenis, mientras el tiempo restante de nuestra vida continúa transcurriendo igual que antes. Por el contrario, el budismo zen es algo en lo que se empeña la totalidad de la existencia, incluída la muerte, es un órdago, una apuesta ciega.

El zen era, es, solamente —y no es poco— un procedimiento para acceder al estado mental que, según la tradición, alcanzó —mientras estaba meditando sentado bajo un ficus— el buda histórico, Gautama, un aristócrata, señor de la familia de los Sakia, tras años de esfuerzos inútiles por lograr lo que el budismo designa en sánscrito con la expresión técnica anuttara samyak sambodhi que podría traducirse como la «iluminación perfecta que no admite comparación».

Y encontré que ese procedimiento había caído en desuso, y aparecía sólo y de modo marginal en algunos monasterios actuales de Japón, convertidos más bien en caros colegios de estricta disciplina que en verdaderos centros de actividad mística.

Si ese iba a ser el camino, haría falta un cambio radical, una verdadera revolución personal. Para empezar, tendría que aprender japonés, ir a ese país y quedarme allí para siempre; lograr ser admitido en alguno de los escasos monasterios; y todo ello sin ninguna garantía: bien podría ocurrir que pasara el resto de mis días en aquel remoto lugar, abandonados para siempre mi cultura, mi familia, mis amigos, y quizá dedicado a barrer el patio del monasterio, hasta envejecer sin saber por qué me había embarcado en aquella locura.

El zen no es una forma de meditación practicada en extrañas posturas; no es una secta religiosa, ni un compendio de creencias, ni una escuela filosófica; no es dominar un vocabulario en un lenguaje desconocido; no es la vanidad de pensar que se posee un secreto que los demás ignoran; no son juegos de palabras ni preguntas y respuestas sin sentido; no es raparse el pelo, y ponerse una túnica color azafrán y unas sandalias; no es sentarse de cara a la pared con las piernas cruzadas. El zen no promete un paraíso, o un cambio, o alguna clase de sabiduría especial. Si esas son todas nuestras expectativas, ya estamos muertos.

El zen no es racional, no se puede explicar con palabras. Aun así, según dice la tradición, en cada generación, unas pocas personas, sin saber cómo, sin ninguna esperanza, se acercarán al zen, despreciándolo todo, despreciando la propia vida, con una intensidad próxima a la locura, buscando a tientas una puerta, siguiendo el antiguo adagio: «Enciende tu propia lámpara».

Así que cuando el dilema se planteó en toda su agudeza, dí un paso atrás. Escogí continuar con mi vida de persona corriente, hacer lo que todos esperaban de mí, renunciar a lo que mi instinto me venía diciendo desde tantos años atrás, desde que me diera cuenta, ya en la adolescencia, de que había nacido en una prisión, y en una prisión terminarían mis días.

***

Hace no mucho, fui con unos amigos a cenar a un restaurante. —Es un restaurante zen— dijeron cruzando miradas en las que me pareció ver un atisbo de ironía. Desde luego, el restaurante sí que tenía algo de zen, aunque no fuera más que por lo escaso de su decoración —una austeridad que rozaba la racanería— y por su ausencia de color. De fondo sonaba una música que prefiero no recordar. La gente hablaba a gritos, como suelen hacerlo en todos los restaurantes.

Miré a mi alrededor. Alargué la mano hacia la botella de vino. Anuttara samyak sambodhi murmuré con una voz tan leve que nadie llegó a oírlo.

—¿Qué son?
Patos salvajes, maestro.
—¿Hacia dónde vuelan?
—Ya se han ido, maestro.
  

La Hora Azul



Media hora más tarde, y ya rendido por el sueño, en vez de acostarme, salí al balcón con intención de fumar uno de aquellos insípidos cigarrillos, los únicos que vendían en la ciudadela. Quería retrasar un poco ese momento tan grato de caer en la cama cuando está uno muy cansado.

En el horizonte flotaban restos de nubes rojas de sol poniente, pero el aire no era limpio, con aquel aroma acre del humo de los incendios. A ratos, los vencejos pasaban chillando, persiguiéndose en vuelos imposibles. Debajo del balcón se intuía el diseño geométrico del los jardines de estilo francés, y más allá, fuera de las murallas, las laderas caían hacia el norte, hacia la lejana colina con su extraña iglesia octogonal que se decía de los Templarios.

Una sombra apareció en silencio en el balcón de al lado. Reconocí a Julia por las perlas de su diadema. Estaba a punto de darle las buenas noches pero pensé que quizá se iba a sorprender. Además, no quise interrumpir su extraño gesto, apenas adivinado en la oscuridad, como de recogimiento, de contemplación.

Allá en el oeste, la estrella de la tarde brillaba con fuerza cerca del horizonte, y hacia allá levantó Julia un brazo, muy despacio, y extendió la mano, que pareció quedar como colgando en el aire.

De haber sido una película, la banda sonora hubiera sugerido su tema musical, el que acompañaría cada una de sus apariciones en la pantalla. Pero en vez de eso, continuó el silencio, intercalado por los gritos de los vencejos. Y es que la realidad es siempre mucho más prosaica, mucho más deslucida.

Un perro ladró muy lejos, en el valle, y le contestaron todos los perros del mundo, uno tras otro.

En la arista nordeste


 Nanda Devi Unsoeld


Do not stand at my grave and weep,
I am not there; I do not sleep.
I am a thousand winds that blow,
I am the diamond glints on snow…


(M.E. Frye)

***

Todo ha salido mal.

Quizá los reguladores nunca funcionaron bien, y sólo nos dimos cuenta cuando era ya demasiado tarde, adentrados en la Banda Amarilla; o quizá el frío extremo de aquel día los inutilizó. El caso es que los reguladores estuvieron dándonos más oxígeno del previsto y se agotaron antes. Y quizá por eso progresábamos con tan buen ritmo por la arista nordeste, hasta que sobrepasamos el Primer Escalón. Entonces todo se torció. Una fatiga indescriptible, una parada después de cada paso, un horrible dolor de cabeza, alucinaciones, el pensamiento paralizado, las palabras que tardan en llegar, «tenemos que regresar, tenemos que regresar», repitiéndolo una y otra vez, y sin embargo, sigo subiendo por la afilada cornisa hacia el Segundo Escalón, por el delgado saliente de nieve helada donde hasta los crampones resbalan.

Compruebo sin sorpresa que mis compañeros de cordada ya no van conmigo. El día sigue siendo claro, con muy buena visibilidad, aunque el viento sube rugiendo por la ladera sur y el sol está demasiado cerca del horizonte. Y entonces, de pronto, por alguna razón, algo más de oxígeno me llega al cerebro y me doy cuenta.

Todo es mentira.

No estoy progresando por la arista. Realmente estoy sentado en una oquedad, de espaldas a la cumbre, metido en lo que parece una zanja formada por una placa de piedra a mi derecha que me protege del viento y una pared de hielo a mi izquierda que me separa de la pendiente norte por donde cayó Mallory, la gran cárcava que termina en un embudo de roca donde dicen que están amontonados los cuerpos de todos los que han caído por la cara norte. Cadáveres conservados por el frío, jirones de tejido deshecho por el viento, botellas de oxígeno vacías…

Mis compañeros han desaparecido. El aullido del viento hace inútil intentar llamarles. Mi refugio parece realmente un ataud. Y estoy allí dentro sentado. Y no sé cuánto tiempo llevo hablando solo, enredado en mis propios sueños

Ya es demasiado tarde, casi no hay luz y ya no van a salir del campamento VI todos esos pálidos guerreros, pálidos como la muerte todos ellos, dame una tumba, Nanda Devi, tú que sabes cómo morir junto al cielo, creo que tenía una botella extra de oxígeno, tú que sabes cómo se hace, tengo miedo, un lecho en el hielo, donde descansar un poco, dormir un poco, sólo unos momentos, mis manos, mis manos, Nanda Devi, dame una tumba de hielo donde morir, morir de frío, la muerte más dulce…

Heaviside Layer




Up up up, past the Russell Hotel.
Up up up up, to the Heaviside Layer
. (*)



Hace años, cuando era más joven y menos escéptico, tenía la costumbre de escuchar la radio por la noche, a oscuras, antes de quedarme dormido.

Eran los tiempos en que muchas emisoras usaban aún ondas de radio de longitud media. La onda media tenía peor calidad de sonido que la FM, pero permitía transmisiones a mayor distancia. Otro inconveniente de la onda media era el fading: el sonido es a ratos normal, y a ratos se atenúa hasta desaparecer, va y viene en intervalos de varios minutos. Pero para mí, el fading añadía un encanto especial a los sonidos, una sensación de lejanía, como si vinieran de la otra parte del mundo.

La transmisión a larga distancia es posible por la reflexión de las ondas de radio de longitud media en una capa de la ionosfera, conocida como Capa de Heaviside, aunque este fenómeno sólo ocurre de noche, ya que la luz solar disminuye la reflectividad.

En una de aquellas emisoras, encontrada por azar, una locutora que decía llamarse Eva, presentaba un programa de música clásica. Fue allí donde mi afición por la música —por aquel entonces gustaba de impresionistas franceses y nacionalistas rusos— se concentró en los románticos.

Es difícil describir las cualidades de una voz. De una voz femenina. De una voz femenina en medio de la oscuridad de la noche. Mi fidelidad se mantuvo todo aquel invierno y la primavera que le siguió. Pero a principios del verano nos trasladamos y muchas cosas cambiaron: el color del paisaje; el clima asfixiante; un idioma de extraño acento; mis ataques de asma, que desaparecieron súbitamente; el colegio que se convirtió en una sucesión de rutinas inacabables. Y lo más terrible: la emisora de Eva que ya no se oía.

Obviamente, algo pasaba en mi nuevo hogar con la Capa de Heaviside, algo catastrófico que no podía entender. Y cuando tiempo después, desde otro lugar, intenté volver a encontrar la emisora, ésta ya había dejado de transmitir.

Y ahora, pasados los años, a veces, sólo a veces, escucho el conciero para violín en Mi menor de Mendelssohn, y recuerdo. Recuerdo mis ataques de asma y el sabor amargo del inhalador que usaba para aliviar el ahogo; recuerdo las mañanas que seguían a aquellas noches; recuerdo la voz de Eva, yendo y viniendo, agitada por el fading, acercándose, alejándose, como olas en una playa de guijarros, chocando una y otra vez contra la Capa de Heaviside; y recuerdo su mirada. (¿su mirada?).


When the dawn comes
Tonight will be a memory too
(**)


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(*) Andrew Lloyd Webber, Cats, The Journey To The Heaviside Layer.
(**) Trevor Nunn, Cats, Memory.